El reino de mi mundo

martes, 6 de junio de 2017

La niebla


 

La ciudad  comenzaba a recibir los primeros aullidos del cielo. Eran truenos pero no había indicio de lluvia. El amanecer se estaba haciendo presente, y una niebla producto del efecto climático se adentraba convirtiendo a todo un grupo de edificios (soldados de cemento que parados en fila, tienen en sus cuerpos minúsculas ventanas), en invisibles artificios humanos.  Los autos, poco a poco iban amontonándose en las calles céntricas a medida de que ese éter de color gris, se presentaba de forma notoria. La niebla no permitía visualizar nada en absoluto. Ni los cielos, ni la tierra. Las personas que caminaban, se perdían entre sí; algo totalmente extraño estaba por venir, ya que fue en cuestión de horas  que la bruma se instalaba junto a los seres con el espeso cuerpo concentrado de partículas de aire cálido saturados.  Del primer razonamiento que de la cabeza de los hombres provenía, se conjeturaban infinidad de ideas, ante la situación de recibir el alerta  de lo que ocurría. Se plantearon entonces hipótesis que no llegaban a ningún puerto. 

Entre las opciones solo cabía la de aquellos, seres perdidos que caminasen palpando el suelo difuso. Un plano de tierra de forma irregular, superficie terrestre. Ni luces, ni el día permitía la sensación de poder observar que había más allá.  Se presentaron entonces los accidentes de la vida cotidiana, a raíz de la falta de visión, proveniente del gas que la ciudad adquiría con el alba. Algunas voces de gritos despavoridos guiaban a las ambulancias, y con ello a las personas encargadas de la seguridad pública.  El proceso del advenimiento de aquel vapor, que repito se volvía más denso,  ingresaba en una suerte de condensidad pastosa que evolucionaba en tiempo reducido, dando vida a las formas más insólitas en las mentes de la población activando el nervio sensitivo del miedo que desde su interior expiraba la adrenalina. 

La secreción  de los cuerpos fue el fruto de un jugo que recorría el cuerpo como suerte de transpiración, que llego al extremo con el pánico y la desesperación. Ambas palabras que existen en el diccionario, y que hoy en día no tiene manera de aplacarse ante hechos de tal magnitud.  Pocos eran los humanos que habían podido llegar a destinos determinados: trabajo, hogares, transportes, etc.  El resto era parte del desconcierto, que en las calles estaban como los muertos vivientes que siempre fueron con apoyo de la tecnología, y el individualismo del ego, en su yo más popular, solo que ahora la verdad se les ha dicho de imprevisto, presentándoles en el yugo de un laberinto totalmente diferente al que solían estar con una salida fácil.  Dicho sea de paso. Solo la evolución puede determinar la supervivencia.

Desde el amanecer,  hasta el atardecer supuesto, la situación continuaba en la ciudad. Los perros, y otros animales sabios en sus sentidos eran los únicos que podían descifrar a partir de un mapa  sensitivo que los ubicaba. Fortuna de los humanos poseían, pero no lo sabían.  Un sin fin de personas ante el horror de no poder regresar de dónde venían, no tenían otra opción que seguir vagando por las calles yendo y viniendo sin dirección determinada. La noche se hizo presente entonces, y aquí radica la mayor de las tragedias. Cuando todos sabemos que ella es aliada de los oscuros  pensamientos. El horror de ser atacado por la nada misma en aquel limbo de vapor.  La gran mayoría gateando como bebes se comunicaba por voces, pero ellas tenían el agravante de que las resonancias de sonido entre emisores y receptores eran ambiguas, y el eco de los llamados de auxilio, nombres, preguntas, y respuestas se perdía entre la capa gris.  Era la onírica sensación de encontrarse perdido, algo que ni siquiera los ciegos de nacimiento, expertos en sensibilidad de los demás sentidos, conquistar.

Habiendo transcurrido el primer día. Al recibir un nuevo amanecer, obligó a la autoridad estatal ante la imposibilidad de poder brindar ayuda, una inmediata decisión: decretar el estado de Sitio, y con ello un toque de queda rápido que solo se pudo transmitir desde la casa principal al pueblo por los medios que aún podían informar, que no eran otros que la frecuencia de Radio. Ahora la niebla había ingresado a las casas, y demás establecimientos. La ceguera era total. Recordemos que aquel aviso del estado era para evitar un estallido social de la población. No se luchaba contra un grupo de insurgentes, sino que la fuerza de choque era nada más que eso.  Un fenómeno de la naturaleza incontrolable del cual no encontraban explicación científica. Y la radio daba las órdenes a los oídos del todo el planeta, para poder aplacar un poco el desconcierto con soluciones mentirosas.

-          Recomendamos a las personas quedarse en su casa. por emergencia hasta verificar que la niebla comience a descender. Repito se recomienda que las personas mantengan la calma y se queden en sus casas!!!.

En resumen: el estado no tenía por el momento solución, aunque era más factible engañar al populacho con aviso reiterados para generar calma como lo hacen siempre. Al final de cuentas era solo una manera de desaparecer ante el desastre que se avecinaba. Era normal para un estado marcharse en situaciones límite. Con relación a los seres humanos ocurría lo siguiente, nadie podía moverse de sus sitios, y quienes lo hicieron no sabían en medio de la nada, en qué lugar se encontraban. Jamás pudieron salir, ni regresar.

De a poco pasaron los días, y con ellos ocurrieron las bajas. Los enfermos, ancianos, niños perdidos. El hambre, la sed eran dos caras de una moneda. Grupos, y grupos de ayuda. Buenos y malos. Bandidos asaltando. Abusos, hurtos, robos. Religiones creadas por ateos, e ideologías racistas que se bifurcaban en un genocidio, y etnocidio. La ley de la selva era el único medio para la condición humana ante la desesperación; enfermedad de la psiquis que llevo a la mayor parte de la población a probar sus miserias ante la pérdida de toda visualización externa.

Pasaron los años, y el mundo que hoy conocemos, es ahora, sólo, un vasto páramo de ciudades, fusionadas con la naturaleza de las plantas y animales. Hay una sola persona que aún puede relatar el hecho. Está sentado en un bloque de piedra  de cierta construcción de lo que fue la civilización humana. Tiene un bolígrafo y un cuaderno, se pregunta si hay alguien como él,  y de vez en cuando grita con todas sus fuerzas al exterior de la pared gris; al lado suyo la cura de todos los males, su perro. Su lazarillo. Los únicos ojos que podrán ver lo que muchos no pudieron y tampoco supieron.

 

Diego Leandro Couselo

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