El reino de mi mundo

domingo, 19 de febrero de 2017

mas allá de los ojos de un ciego


Más allá de los ojos de un ciego.

Hay quienes parece o se dice no tienen en su proceder método alguno de sustentar su pasos ante la invidencia de no poder recibir lo que a su alrededor existe. Esos son los que se hacen llamar ciegos. Los privados de la belleza por dios.  Otros si tienen esa fortuna de recibir la gracia de los colores del día. Nuestro hombre taciturno y solitario lo sabe y capta en su andar a un anciano de unos ochenta años de edad.  El joven oficinista estaba en el instante adecuado a fin de socorrer a una persona como aquel anciano que solo quiere cruzar una avenida con su bastón de color blanco tambaleando en forma de péndulo de un lado hacia el otro. Espera, parado en el filo del cordón de la calle. Supone que no puede cruzar. Solo supone. No puede ver, mientras van a vienen carros de todo tipo. Colectivos, autos, motocicletas.

El joven oficinista de profesión dudosa que no importa a nuestro lectores, oriundo de Buenos Aires, se dispone asimismo a realizar alguna diligencia propia de su trabajo. Transita y observa el ir y venir de la personas que miran hacia adelante como visualizando la nada misma, otras con sus celulares en puras charlas. Las personas viven en su mente en un cosmos totalmente diferente a la cruda realidad banal del día a día. Eso piensa el joven oficinista.

Entre tantas personas al llegar al límite del cordón, observa al anciano con su bastón tocando minuciosamente el suelo con golpecitos a fin de palpar el terreno de asfalto puro. El sol reflejaba la cara del anciano en un día de extremo calor.  El joven se acercó a él como quien no quiere la cosa. Estaban en un limbo de personas que iban y venían y el destino mientras se encargaría de que dos generaciones tuvieran una ínfima, pero interesante platica.

El (anciano) espera los minutos adecuados. El sonido de los motores le indica el momento adecuado para lanzarse la odisea de atravesar la Avenida nueve de Julio (avenida más ancha de la Ciudad de Buenos Aires). -

-          Lo ayudo a cruzar señor ¿ - le dice un voz jovial.

-          Por favor. Se me complica un poco. Usted sabe mi condición de invidente y los años?. No me permiten captar con claridad

La buena acción: Tomar del brazo al invidente y esperar un poco.

-          Noto que es usted. Ambidiestro?

No tenía nada de ciego este señor  por lo que parecía, juzgo el joven.

-          Es verdad?. Como se dio cuenta de tal punto¿

-          Me toma el brazo derecho con la mano izquierda.  La sensibilidad de esa mano, denota una fuerza y energía diferentes. Una práctica constante – manifiesta el anciano y continúa. -

-          Usted sabe? La mano izquierda determina mucho de nuestra persona. Nos define como somos. Nuestro intelecto. Esa capacidad cognitiva. Nuestro hemisferio derecho capta las situaciones.

-          La verdad no lo sabía. Utilizo ambas manos, aunque para diferentes actividades.

-          Lo sé!. Un ciego puede definir más de lo que se cree.


Inmediatamente cruzamos el primer tramo de la avenida 9 de julio en la ciudad.  Íbamos a paso lento y mientras nos invitamos a la conversación.

-          Sabe para ser ciego lo noto que tiene una capacidad muy amplia de percibir. Por lo menos a las personas. -

-           Es que no estoy ciego. Literalmente.  Me niego a pensar que estoy ciego. No lo estoy. Yo puedo ver. Contemplar todo el espacio que nos rodea. Ahora puedo decirle que un ir y venir de infinidad de personas nos cruzan, los autos están parados con motores encendidos. Una moto justo a unos metros míos va arrancar.

-          Mmm. Usted tiene un sentido muy agudo de la audición, me parece. -

-          No solo ese sentido. muchos sentidos. Usted y cada persona a nuestro alrededor observa el mundo con ojos que dios les concedió. De manera individual nota cada objeto y envía un aviso al cerebro de su actividad realizada. Y con ojos, intenta hablar, sentir y amar.

-          Si pero, no solo con ojos. Tenemos otras capacidades.

-          Si. Pero no las usan. Yo nací ciego. A los de mi especie Dios nos privó de tal beneficio, Jamás supe lo que es un color, un objeto movible, el cielo o las estrellas. Pero aprendí a sentir. A tocar. Escuchar. Y concluir con estas herramientas lo maravilloso de las personas, de las cosas, de la vida en sí. Entonces supe que por alguna razón no poseer la virtuosa competencia de la vista era solo una cosa superflua, innecesaria para aprender como ser humano las leyes de la vida.

Habíamos terminado de cruzar los tramos.

-          Entiendo, a lo mejor usted identifica a su forma el mundo. Algo que nosotros no podemos sino con nuestros ojos. Me entiende ¿?

- Se equivoca mi buen amigo, los ojos son solo una pantalla de lo que observa. Son solo órganos que comunican información. No tienen capacidad de sentir.

              - Tal vez tenga razón en sus dichos. Por cierto llegamos a destino. Precisa de ir a algún lugar determinado?

-          Joven gracias!, si puede acompañarme unas dos cuadras derecho hasta una confitería cerca de aquí. Ahí me espera mi esposa que tanta paciencia me ha tenido en estos años de mi vida. Si la viera mujer de 80 años paciente como un árbol viejo… Ella si que tiene paciencia.  Le comentaba y espero no aburrirle. Ustedes ven con los ojos ¿?. Grabe error sabe?. No es cuestión de ver con nuestros ojos sino con nuestra alma. Déjeme que toque su rostro con mi mano. No se preocupe las arrugas de ella no causan daño.

Reí unos instantes.

-          No se preocupe no hay problema. Captará un rostro sin expresión.

El anciano sonrió. Inmediatamente el ciego anciano poso su mano sobre mi cara. Palpando cada faceta de ella.

-          Veo que es usted un joven muy solitario. Porque será?

-          En serio me dice esto ¿?. No se tal vez nací así?

-          Señor. El abandono, aislamiento son solo  miedos que nos imponemos al cual se puede aventajar con decisión. Usted está más ciego que yo!.. Si yo hubiera dependido de poder ver no estaría aquí ahora y ni hubiera llegado a dónde estoy.


-          Y como pudo determinar esto ¿.


-          Lo mismo que su mano izquierda. Sus ojos. Nosotros los invidentes por increíble que parezca podemos ver a través de los ojos de otros. Fallar  todo lo que a nuestro alrededor existe. Y noto que usted es una buena persona, pero no abre su corazón que tanto tiene para dar.


(Ya casi estábamos llegando a dónde una mujer anciana bajita esperaba)


No puedo ver. Lo que yo quiero, pero puedo ver lo que usted quiere. Y usted quiere romper ese esquema que no lo deja salir de este laberinto de encierro y abandono.


-          Puede que tenga razón señor y pero porque lo cree?


-          Mire solo puedo decirle que es una buena persona.  Y en este mundo escasean las buenas personas. Mírelos van y vienen y no saben porque? Dios nos privó a todos de la vista solo que algunos no lo saben aún. Y todos estamos relativamente aislados. Carentes de mirada y percepción, producto de rencores, frustraciones, miedos. Tan ciegos que no podemos ver el amor en los contornos de este universo. No por nosotros mismos que ya bastante tenemos, sino por los demás. Y lo peor de este mundo, la mayor desolación, no es no poder ver por uno mismo, y con ello ver a los demás, sino que nadie a su alrededor quiera  verlo. Y eso es lo que está pasando. Esa es la verdadera y única soledad. Y usted es una buena persona que quiere ver.


Ya casi estamos llegando no?


-          Si, justo ahí está su mujer, sino me equivoco. Como la describió.


-          Joven  no se preocupe. Usted puede ver bien. Le agradezco mucho la atención y a escuchar, palpar, sentir y por alguna forma considerar a este ciego.


-          No gracias a usted por verme y por ayudarme a dar un paso pequeño por así decirlo a enseñarme a usar los ojos.


Se separaron ambos observándose como quien quiere ver más allá de los afectos. -


Diego Leandro Couselo  

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